No sé por dónde empezar. Como quien tiene la perpectiva futura de una vida a construir, empiezo esta página en blanco.
Con la sensación de no saber por dónde empezar a contar ni a actuar.
Pero así como no puedo empezar a contar la historia desde cero, tampoco se puede empezar a construir una nueva vida como si recién empezara. Más de 50 años vividos, gozados, y sufridos no son poco sedimento. Hay mucho que remontar, entre deudas y frustraciones de variada índole; pero también hay mucho en que apoyarse: amores y amistades que he sabido sembrar, el recuerdo de mi padre, la música y la poesía de los que han escrito pensando en mí (me gusta pensar que escribieron para que yo los leyera en el momento justo).
Hace dos meses, Luis se fue a vivir a Playa Unión. La despedida fue contenida, casi un hasta la vuelta, como si fuera un viaje de trabajo de una semana. Siempre fantaseo con la idea de que él nunca se creyó lo de la separación, o más bien me lo hizo creer a mí, pero el mundo está confabulado con él para creer que se trata de unas vacaciones.
Las semanas previas a su viaje fueron un modelo de convivencia civilizada, estábamos atareados con sus preparativos: la ropa, los discos, las partituras. Accedí a todas las cosas que siempre fueron insalubres para mi organismo. Solicité un par de préstamos, que firmé con indiferencia. Arreglé algunos dobladillos, planché. Preparé comida para el viaje. Entregué mansamente el dinero para que él se instalara con tranquilidad. Estoy pagando cuotas y lo haré por dos años.
Ese domingo no sentí nada especial cuando me acosté por la noche. Hasta ahora no lo sentí. Pero no quiero volver a tenerlo allí nunca más.
Cuando vuelvo de trabajar, deseo llegar a mi casa. Y cuando estoy adentro, no me agrada salir. Me paseo por la casa sin hacer nada, no sabiendo bien dónde ubicarme. Limpio con entusiasmo, hago planes. Demasiados planes que no puedo concretar en lo inmediato.
Hay demasiadas cosas que remontar. Pero tengo tiempo.
Mi marido está detrás de un puesto de trabajo en el sur. Es lo más concreto que le pasó en los últimos años. Está esperando que le den el sí. Y yo también espero.
Las charlas se han vuelto pacíficas y sosegadas. Él se prepara para el viaje. Organiza las cuestiones que yo financiaré. Mantiene el mando. Hablamos como si sólo fuera un proyecto de trabajo. Elude el otro tema. Pero ya ha pronunciado un par de veces la palabra separación y se va haciendo a la idea.
Está entusiamado con sus planes, lo veo casi feliz. Le encanta viajar. Y además sé que su sueño era instalarse allí, en Puerto Madryn, alguna vez.
Ese entusiamo mitiga lo otro: el hecho de que nos estamos por separar.
Quizás sea mejor así, más digerible para él. Pero me da miedo que no llamemos a las cosas por su nombre. Alguna vez habrá que hacerlo.
Hago cosas de loca.
Hoy no me moví en todo el día del asiento de la computadora.
Hice lectura, chateé, escribí, escuché música.
Hago esto porque no me importa nada, no quiero salvar nada.
Hago cosas para que se enoje y me pida explicaciones.
Y no tenga más remedio que dárselas.
Y la única explicación es que no lo quiero más.
Que hace rato no lo quiero y que si tengo que seguir viviendo así, con él al lado, me voy a volver loca en serio.
Pero él no me pide explicaciones. Suspira y sigue cortando el pasto.
No hemos hablado una palabra en todo el día.
Pienso cuánto tiempo más podrá seguir así. Cuánto más a va a soportar a una mujer que no quiere tocarlo, ni mirarlo, ni acompañarlo.
Su estrategia es enojarse cuando no estoy, cuando decido quedarme en casa de mamá un día, dos , tres. Por teléfono está enojado. Pero cuando vuelvo no dice nada, continúa igual que si nada hubiera ocurrido.
¿Cuál de los dos es más resistente?
Ël, sin dudas. No pierde nada, salvo lo que ya perdió.
Pero el resto, la estadía en una casa donde yo sigo viviendo, trabajando y pagando las cuentas, eso lo conserva.
Yo a veces siento que llego al borde. Y ese borde es una ataque de nervios o un pico de hipertensión. Pero una vez medicada, todo sigue igual. La comedia se sigue representando.
Estoy casada, no soy casada. Así respondo cuando me preguntan desde el anonimato de los salones de chat.
No nací con este estado civil, no es hereditario ni congénito. Puede ponerse y quitarse como un traje. O no, no como un traje, si no más bien como un tatuaje. Sí, de esos que duelen.
Cuando estaba por cumplir cuarenta años esperaba que me sucediesen cosas importantes, cosas decisivas. Tenía expectativa. ¿Me pondría vieja de golpe? ¿Tiraría por la ventana mi vida de madre y esposa ejemplar? ¿Haría las locuras que nunca había hecho? ¿Caerían sobre mí todas las arrugas del mundo? ¿Me volvería una intratable menopáusica?
Nada de eso ocurrió cuando cumplí los cuarenta. Más bien seguía sintiéndome como de 25, sana, con energía para trabajar, brindándome sin reservas hacia mis hijos y apoyando a mi esposo en todas y cada una de sus ideas. Porque eso sí, siempre tuvo ideas.
Pero cómo decirlo. Al llegar a los 44, pasó algo inesperado. De veras no sabía que iba a pasarme. Mi apetito sexual aumentó considerablemente.
Cada aroma, cada música, cada palabra me incentivaba. Me veo a mí misma caminando alegremente cada mañana hacía la estación del tren, camino a mi trabajo, absorbiendo con deleite el calor del sol. el canto de un pajarito, un ráfaga de viento o una llovizna inesperada. Mis sentidos captaban todo el mundo exterior. Parecía una recién nacida experimentando sensaciones nuevas... Escuchaba palabras, susurros, silbidos, piropos... Miradas se clavaban en mí. Quizás yo exhalaba un perfume distinto.
También me veo camino a la estación haciéndome mil preguntas.
¿Cómo será sentir a otro hombre, otra piel, otros olores? ¿De veras estará mal salirse de los límites del matrimonio? ¿No será bueno guiarse alguna vez por los instintos? ¿No es lícito responder a necesidades tan fuertes? ¿Y si pruebo una vez?
Mis respuestas a esas preguntas demolían la ingenuidad con que estaban formuladas.
Sí, debe ser maravilloso sentir otras pieles y otros olores. Ser tocada por otros. No limitarse al reducido contacto de un cuerpo mil veces acariciado, al ritual de gestos y posturas mil veces repetidos, a las mismas palabras mil veces dichas en el mismo orden.
Sí, está mal salirse de los límites del matrimonio. Es un contrato donde te comprometiste a ser fiel. Eso lo dice la ley.
Sí, debe ser genial transgredir los límites de lo establecido.
Y, por último: Si probás una vez, no vas a querer dejarlo.
Era asombroso cómo mi mente discurría mientras mi cuerpo se soltaba.
Como esos padres que observan impotentes cómo el nene se mete en líos.
Y me metí en líos.
Hace dos días me mandé la cagada del año.
Le hice una escena de celos por MSN. ¿Hay algo más absurdo?
Daniel y yo nos conocimos por Internet.
Casi todas las tardes, especialmente los martes y los viernes, a la salida del colegio, entraba al locutorio y me conectaba a alguna de las salas de Ciudad para chatear con desconocidos. Simplemente esperaba que alguien me invitara a conversar. Es sabido que las posibilidades de que alguien me llamara (de que un hombre llamara a una mujer) eran altísimas.
Una de esas tardes, me saludó desde la pantalla Daniel de Capital. No recuerdo por qué, pero quizás la sencillez de la presentación me hizo responder en seguida. La conversación giró alrededor de lo que él llamaba "historias paralelas". Tenía una historia maravillosa para contar. Se trataba de una mujer chilena, por quien él había viajado a Santiago y a Santa Cruz de la Sierra y a quien había llevado a Villa Gesell en pleno invierno cuando ella viajó a Buenos Aires.
Después de algunos encuentros más, librados a la casualidad, intercambiamos direcciones de mail y de MSN.
Una tarde particularmente triste y fría de agosto, por la ventanita más discreta y selectiva de MSN, me propuso conocernos.
-Te paso a buscar.
-No.
-¿Por qué?
-Estoy horrible.
-Estoy cerca.
-Tengo que volver a casa.
-Yo también.
Íbamos a reconocernos por el auto. Nunca nos habíamos visto en foto. Además, él no sabía mi verdadero nombre y mi edad era un par de años superior a lo que le había dicho. Subí y nos miramos.
-No sólo tengo cara de judío, también soy.
-¿Y yo de qué tengo cara?
-De turca.
Estuvimos treinta minutos estacionados, conversando. Daniel y la mujer chilena sólo se habían visto en cinco oportunidades, pero fue suficiente para que se enamoraran.
Su voz temblaba al hablar de ella.
-Pero se terminó -me dijo. -Se fue con el esposo a Holanda.
Tenían una cita semanal por Internet y solían hablar por teléfono. No había una sola vez que no lloraran.
-Pero nunca hubiéramos podido estar juntos. Era demasiado celosa.
Hace dos horas, a las cinco de la tarde de hoy, 14 de febrero de 2006, un mensaje de texto en mi teléfono celular me recordaba que tengo un enamorado.
Decía: "Feliz día de nosotros, los enamorados". Y sin ninguna necesidad me contaba qué se disponía a hacer inmediatamente. Como si yo no hubiera sabido desde anoche, al despedirnos, que hoy no nos íbamos a ver.
Después de la separación de Daniel en diciembre pasado, todo está pasando como en un sueño donde aún no consigo hacer pie. No es que no lo hayamos hablado. Las cosas se han modificado. Ya no "estamos en la misma", como cuando nos conocimos para una aventura tramposa de dos casados. Y pasaron muchas cosas en el transcurso de estos tres años y medio. Pasó su terrible confesión acerca de las extorsiones de su empleada doméstica. Pasó su gradual abandono de las aventuras donjuanescas donde yo era la confidente (además de su aventura más estable). Pasó su confesión de amor. Pasó nuestra mutua fidelidad no exigida, sino sólo porque así lo queríamos.
Y ahora acaba de pasar esto. El departamento de nuestras citas es ahora su vivienda permanente, donde los retratos de los dos fueron retirados.
Los miré por última vez antes que los guardara en un baúl. Y le regalé dos portarretratos para que pusiera allí las fotos de sus hijos.
Pasamos el peor momento de su separación, unido al de mi inseguridad.
No sé qué vendrá después.
..más sobre lo que ya escribí.
Dos entradas en mi diario no furon publicadas quizás por errores míos y ya no puedo volver a escribirlas.
Espero superar este bloqueo y continuar.
Estoy cansada y en una hora tengo que salir para dar una clase.
Como salí del colegio más temprano, me vine directamente para casa, sabiendo que mi marido no está. Hablé por teléfono con Daniel. No me arrepentí de haberme venido para casa, porque sólo nos hubiéramos podido ver un minuto. "Me voy a encontrar con Patricia para comprar un regalo", me dijo.
A veces pienso que tengo que hacer mis cosas y dejar de perder el tiempo esperándolo, esperando que me llame, que se desocupe de su laburo para encontrarnos. Tengo que dejar de depender de él, de sus tiempos.
Lo cierto es que estoy cansada y ya no tengo la energía de hace tres años. O será esta época del año. Pienso mucho en él, casi todo el tiempo.
Pero no puedo seguir corriendo para verlo media hora.
No sigo escribiendo porque voy a llorar.
Primero su voz por teléfono, en un tono tan bajo que sólo me permite adivinar las palabras.
Después, su cara. Avanzó, sin pararse a darme un beso, hacia el interior del departamento.
Cuando terminé de cerrar con llave , ahí nos besamos. Parecía que buscaba algo.
"No gano para sustos", dijo. "Cuando estaba estacionando, veo el Golf estacionado detrás de mí. Mi hija no puede ser, a las siete tiene facultad. Esperaba ver a Patricia acá con vos y que había saltado todo."
Le pregunté si quería que me fuera. (Ella podía subir y buscarlo).
"Si te vas nos vamos juntos, quiero estar con vos. No me importa."
Insistir fue inútil.
Se tiró en la cama (venía algo más). "Me hackearon la casilla. Le enviaron a mi cuñada un supuesto mail de Anita para mí, todo deformado, todo cambiado. Ella no escribe así. Mi hermano dijo que lo borró, que está todo arreglado, que no me preocupe."
Hice lo único que sé hacer. Estar a su lado y escucharlo. No habló mucho más. Le ofrecí algo caliente.
Los alfajorcitos de dulce de leche que guardábamos para alguna vez. Me dio uno mientras hacía una llamada de trabajo.
Algunas caricias, algunas miradas. Solamente me quedé a su lado, lo único que sé hacer. Y se acordó del chiste de Rebeca.
"Te acordás Rebeca, cuando veníamos en el barco, nos agarramos la fiebre amarilla. Y vos siempre conmigo...Te acordás cuando el rodrigazo, perdimos todo y vos siempre a mi lado. Te acordás..." y así, enumerando desgracias, y Rebeca siempre al lado. Remate: ¿No serás mufa, Rebeca?
Nos reímos y de a poco las cosas se fueron acomodando. Nosotros nos fuimos acomodando el uno al otro, en la cama y en la charla. Las últimas novedades. Los abrazos. Los besos.
Hasta que llegó la hora. (Siempre llega).
Salimos de a uno y nos encontramos junto al auto. El auto de ella no estaba más.
Cuando llegué a casa esa noche, lo primero que hice fue abrir mi correo: ahí estaba, el supuesto mail de Anita también me lo habían mandado a mí.
Lamentablemente no se trata de estados de ánimos, porque los estados de ánimo son pasajeros y los ánimos se enardecen o se calman según circunstancias pasajeras. Por ejemplo anoche, después de que bajé del auto, mi ánimo estaba tan enardecido, estaba tan enojada que me di vuelta e insulté, a los gritos, a los faros traseros de tu auto, ya que no podía hacerlo contra vos.
Las dos o tres personas que pasaban por ahí me miraron y siguieron de largo. Yo demoré unos minutos en cruzar la calle.
Pero eso ya pasó, ahora no quiero insultarte porque ya estoy calmada.
Lo que me sigue pasando es que me siento tremendamente frustrada.
Quizás a mi pesar puse muchas expectativas en algo imposible y ahora tengo que volver atrás. Por eso te pedí tiempo. Necesito tiempo para volver a acomodarme en mi lugar, en el lugar de la mujer que amás pero que inevitablemente está tercera en el orden de las mujeres de tu vida. (Y no estoy contando a tus hijos).
Y eso es muy doloroso para mí, tal cual te lo expresé ese martes antes de que nos despidiéramos en la playa de Carrefour. Te dije que no podía soportar un minuto más que estuvieras con esa mujer.Y eso es lo que siento casi todos los días, especialmente los días que sé que estás con ella. Pensá un poco si creés que existe alguna mujer que pueda tolerar saber que el hombre que ama le está haciendo el amor a otra mujer. Coincidirás conmigo en que es muy difícil aceptar y tolerar eso. Y yo no soy ninguna excepción, soy una mujer común y corriente y no creo que esto sea ser una enferma de celos, sino simplemente no entra dentro de mis parámetros.
Volver a acomodarme a eso no sé si será posible pero lo estoy intentando. Varias veces me dijiste que faltaba poco para que eso se terminara, pero la última vez que hablamos daba toda la impresión de que la cosa iba a seguir así. Te pido que me comprendas si no estoy todo lo bien que vos quisieras y que sería deseable para "poder disfrutar más y mejor nuestra hermosa relación", como me decís en tu mail. Tampoco es mi intención agregar problemas o culpas a tu conciencia, pero nuestra relación siempre estuvo basada en la verdad y deseo ( y creo que ambos deseamos) que esto siga sucediendo.
De tu esposa no tengo nada que decir, ni me corresponde hacerlo. Te conocí casado y eso no me impidió sentir lo que siento por vos.
Amor, quiero que sepas que valió la pena enamorarme, que la profundidad de este amor me dio y me da satisfacciones tan enormes que no me arrepiento de haberme dejado enamorar y que voy a seguir intentando con todas mis fuerzas aceptar el lugar que ocupo en tu vida.